El dolo y la mala fe tienen un papel vital en los contratos de seguros. Se debe a que el tomador o asegurado tiene la obligación de mantener una conducta activa y de buena fe durante toda la vida del contrato. Para el asegurador es éste un requisito irrenunciable. La legislación exige la buena fe en el mismo sentido que la exige al resto de los contratos mercantiles.

En concreto, en los contratos de seguros la buena fe se debe manifestar antes de la contratación riesgo en cuestión. Es en ese momento cuando el asegurado está obligado a declarar al asegurador todas las circunstancias que puedan agravarlo. Pero esa obligación de actuar con buena voluntad debe tener continuidad durante la vigencia del contrato. Esto es debido a que, en caso de mala fe, la aseguradora no estaría obligada a indemnización alguna. Por último, después de ocurrido un  siniestro, si el asegurado actuara con dolo, la compañía podría reclamarle el daño causado.

Queda clara la importancia que el dolo y la mala fe tienen en los contratos de seguros. Sin embargo, ¿el dolo y la mala fe son la misma cosa?

Diferencia entre el dolo y la mala fe

La mala fe es un concepto que implica una conducta que está en discordancia con el imperativo de obrar ética y lealmente. En cambio, el dolo es un término jurídico que implica “voluntariedad” en una acción negativa. Ésta última debe ser determinante para conseguir la aceptación de la otra parte a llevar adelante el contrato. Por tanto, el dolo siempre conlleva la intención de causar daño y mala fe.

En cambio, la mala fe implica siempre una culpa en tanto en cuanto consiste en omitir aquello que se sabe y que éticamente se debería informar o hacer. A diferencia del dolo, la mala fe no implica intencionalidad.

Las consecuencias de la mala fe probada son la nulidad o rescisión del contrato (artículos 10 y 12 de la L.C.S). En cambio, las consecuencias del dolo son la pérdida del derecho a indemnización cuando se omite la información dolosamente al contratar (artículos 10 y 32 de la L.C.S), el siniestro se origine por conducta dolosa o culpa grave del asegurado (artículo 48 L.C.S), no de forma ajena a su voluntad o exista intencionalidad por su parte (artículos y 100 y 102 L.C.S) u omita la comunicación o las circunstancias y consecuencias de un siniestro de forma dolosa (artículo 16 L.C.S).

Imagen de una mujer, señalando acusadoramente, que ilustra el artículo sobre el dolo y la mala fe

 

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